Hay una imagen que resume bastante bien cómo empezó todo: cuatro personas que no se conocían entre sí, cada una proveniente de algún sector de la comuna de El Quisco y con un oficio o interés ligado a la cultura, sentadas en el Taller Nube del Parque Padre Hurtado en Santiago. Catalina Landeros, Cynthia Martin, Gabriela Núñez y Jullian Pinto pasaron ahí una semana de enero, conviviendo con el equipo Nube y aprendiendo un método que en pocos meses tendrían que poner en práctica: observaron de cerca cómo se arma un taller, cómo se piensa una dinámica, cómo el Método Nube convierte lo cotidiano en extraordinario.
Todo esto para conformar el equipo territorial que nos ayudaría a poner en marcha el primer año de “Nube va a regiones”, la iniciativa con la que Nube Lab busca desarrollar festivales de arte, juego y creatividad con identidad local en distintas comunas del país, y que comenzó en El Quisco. Y si el proyecto tiene una apuesta central, es esta: que el festival no llegue armado desde afuera, sino que se construya con lo que el territorio ya tiene. Esa apuesta solo funciona si hay alguien que conecte al equipo Nube con un territorio que no es el suyo. Ese ha sido, desde marzo, el rol de estas cuatro personas: el puente entre Nube y El Quisco. Creadores Culturales les llamamos por sostener ese vínculo y hacerlo llegar a la comunidad.
Junto al equipo Nube, recorrieron la comuna, conversaron con vecinos y abrieron talleres artísticos. De este proceso aparecieron personas, historias, paisajes e imaginarios propios de la comuna, material con el que hoy se está armando el Festival Nube Isla Negra.
Pero hubo un frente que llevaron solos: el trabajo en las escuelas. Durante el primer semestre, los cuatro Creadores Culturales entraron a las salas de clases de distintos establecimientos educacionales de la comuna, llevando actividades artísticas y lúdicas a más de 750 estudiantes. En paralelo, fueron levantando poco a poco la nueva sede del Taller Nube en Isla Negra, un espacio que cada jueves abre sus puertas a la comunidad para crear y experimentar juntos. Hoy, además de seguir sosteniendo ese espacio, lideran parte de la producción del Festival Nube 2026, que se realizará en octubre en el Centro de Expansión de Isla Negra.
A un mes del evento, quisimos detenernos a mirar lo recorrido. Quién mejor para contarlo que quienes lo vivieron desde adentro. A continuación, Gabriela Núñez, una de los cuatro Creadores Culturales de El Quisco, narra esta experiencia junto a Nube: desde esa primera semana en Santiago hasta el trabajo en las escuelas, los encuentros con la comunidad y todo lo que fue apareciendo en el camino.

Crónica de lo que llevamos jugando en el litoral junto a Nube Lab — por Gabriela Núñez
Fue en pleno verano, en el Taller Nube del Parque Padre Hurtado, cuando los cuatro Creadores Culturales estuvimos en residencia una semana completa —con un calor que ya nos parece abrasador— para aprender el Método Nube y comenzar a indagar qué hace distinto a nuestro territorio. Lo primero que tengo anotado es esto: en el litoral casi nadie lava el auto, porque la mayoría de las calles no están pavimentadas y da lo mismo.
Somos cuatro, cada uno de un área distinta, que por alguna razón funcionamos bien juntos. Vivimos en el litoral y nos declaramos, sin pudor, ex santiaguinos y amantes de la vaguada costera… esa nube gris que tapa las playas y pueblos muchas mañanas al año y que hace que los visitantes miren con desconfianza, cuando baja especialmente en vacaciones.
El equipo nos recibió con una calidez y generosidad difícil de encontrar, nos mostraron cómo trabajaban y tuvimos que hacer las mismas actividades que después traeríamos a las escuelas de acá. Con esto, entendimos que lo que veníamos a hacer no era simplemente “un taller de arte”.
Cuando volvimos y empezaron las clases, el trabajo comenzó de verdad. Isla Negra, El Totoral y El Quisco mismo se convirtieron en nuestros territorios, y el Programa Saberes, el Colegio El Quisco, el Complejo Educacional Clara Solovera, la Escuela de El Totoral, la Escuela Poeta Neruda de Isla Negra y el Jardín Las Marinas fueron nuestros laboratorios creativos. No quiero dejar afuera la sede comunitaria de la Villa Padre Alvear, mi primera actividad, que nos permitió compartir con personas de la tercera edad una once organizada por Migue: con platitos y tazas de su abuela, que con cariño y cuidado nos pusimos a sacar de sus envoltorios. Realmente fue una experiencia que nos tocó la fibra a cada uno de los que estuvimos allí.
En total, los cuatro Creadores junto a Nube pasamos por distintas salas de clases, desde prekínder hasta cuarto medio, llegando a cerca de 750 estudiantes con cuatro actividades —Personaje coleccionable, Mi otro yo, Siluetas marinas y Zoopack— armadas con materialidades que nosotros mismos nos encargamos de recolectar. La idea era simple, aunque no tan fácil de lograr: que los estudiantes jugaran y pensaran su entorno cotidiano más allá de una nota en el libro. Dos clases, un proyecto, materiales a disposición y la posibilidad de pensar el territorio sin esa presión de que tiene que salir perfecto. Fuimos a recordar que el disfrute tiene que estar en una sala de clase.
Cynthia, profesora de danza y una de mis tres compañeros, se acordaba hace unos días de lo lindo que era ver a los niños perderse en la pintura. La emoción, la frustración, los que terminaban manchados y no les importaba, los que se incomodaban por eso. De todas esas sesiones surgieron momentos que son parte de la memoria de Cynthia: el títere gamer, la famosa empanada de jaiba, un ratón zoopack, muchos paisajes con un nivel de detalle que no esperábamos, siluetas marinas que comenzaron a sumar colores y que surgían a partir de movimientos cada vez más graciosos y jugados.
Hay un momento que se nos quedó grabado a los cuatro. Veníamos de trabajar con grupos de no más de doce niños, cuando de un día para otro nos tocó un primero básico de cuarenta y cinco. Fue retador, porque la sala no tenía el espacio que requeríamos para pintar siluetas en el piso, así que la actividad se trasladó al patio, y ahí los niños corrieron, gritaron y saltaron por todos lados. La profesora trató de ayudarnos guiando al curso, pero los niños tenían un entusiasmo genuino e infantil, propio de una actividad “donde se sale de la sala”. Hicimos igual la actividad, cuenta Jullian, diseñador gráfico, aunque con la sensación de que podía haber salido mejor. Para la segunda sesión de la misma actividad, nos sumaron a otro artista-profesor y dividimos el curso en tres grupos. Esta vez funcionó de verdad: hasta a los chicos con más energía logramos integrarlos en desafíos dentro de la misma dinámica. Según Jullian, al final “volvimos a tener un hermoso caos”, con niños corriendo con las manos pintadas, abrazándonos y dejando la marca de sus deditos en una polera blanca que él todavía conserva.
Cata, tallerista de larga data de El Quisco, me contó que lo primero que sintió trabajando para Nube fue muy parecido a la magia: desde el correo de bienvenida que le avisaba cuál sería la pieza en la que dormiría durante la residencia en Santiago, hasta la última conversación de esa semana. De los talleres en las escuelas guardó varias frases sueltas que le quedaron dando vuelta por días y meses. Una de ellas fue la de un estudiante de séptimo que le pidió sacarle una foto, prometiéndole que iba a ser la mejor foto, que nunca la iba a poder olvidar. Un niño de primero que le vio los cordones desamarrados y la retó, cuando ella no le dio importancia: “las cosas importantes se hacen en el momento, hágalo ahora”. Una niña de tercero que la abrazó y le dijo que era el mejor taller de su vida. Otra chica, de quinto, le preguntó por qué no iban todos los días. Y uno de sexto que, al saber que la actividad era sin nota, quiso saber por qué tenía que hacerlo igual.
Para Cata, esa pregunta no le sorprende, pero sí le confirma que los estudiantes valoran distinto un taller cuando quien lo hace es alguien de afuera del colegio, distinto a quien ven todos los días pasando la misma materia. Por eso me cuenta que su idea de El Quisco y el resto del litoral no cambió, pero sí se reafirmó: que estas actividades no deberían ser un regalo de vez en cuando, sino algo tan necesario como cualquier otra parte de la educación de un niño o una niña.
Por otro lado, la experiencia junto a Nube le vino a confirmar a Jullian algo que ya sospechaba: que se puede crear desde el lugar donde uno vive, y para ese mismo lugar. Ahora conoce a otros creadores de oficios distintos, a profesores, a niños de edades y realidades muy distintas dentro de las mismas escuelas y a instituciones culturales con las que sigue trabajando.
En estos meses fuimos más de una vez con Cata a Radio Vacaciones, que amablemente nos dio un espacio para invitar a toda la comunidad a participar de las actividades, como las charlas-taller y el Festival, que ya estamos preparando para los primeros días de octubre de este año, en el Centro de Expansión de Isla Negra. Tres días gratuitos para jugar desde y para este territorio.
Y desde junio, todos los jueves de dos a cinco de la tarde, dejamos abierto el nuevo Taller Nube en ese mismo Centro de Expansión, con los mismos materiales que llevamos a las escuelas, puestos a disposición de quien quiera pasar a crear. Va a seguir abierta hasta el 17 de diciembre. Cada jueves ha ido llegando cada vez más gente. Y con todo esto, los cuatro deseamos que quede en esas cuatro paredes el asombro que surge con una tarde distinta, y la posibilidad de hacer real una idea que tal vez surgió en el patio de sus casas o desde algo que vieron en la playa.
Que el crear sea una forma de vivir este territorio único, mezcla de quebradas, humedales y sal dispersa en sus bancos de niebla.







