Del 8 al 10 de octubre, Isla Negra fue el escenario de la primera parada del Festival Nube 2026. Fueron tres días de arte, juego y creatividad que reunieron a más de 2.800 personas, entre familias y estudiantes de distintas comunidades educativas. Llegaron principalmente desde el litoral central, con una importante participación de habitantes de El Quisco, El Tabo y Algarrobo, pero también desde otras zonas del país. Para Nube, fue una alegría llevar por primera vez el festival fuera de Santiago y sentir tan buena acogida por parte de la comunidad.
El viernes por la tarde nos reunimos en el escenario para celebrar la inauguración de esta edición itinerante del Festival Nube. Fue un momento para reconocer el camino que hemos recorrido junto a la comunidad de El Quisco durante este año y, al mismo tiempo, compartir la emoción por lo que viene: en noviembre, el festival continuará su viaje en el Parque Padre Hurtado, en La Reina, Santiago.
La jornada comenzó con una conmovedora declamación poética a cargo de cuatro estudiantes de la Escuela Poeta Neruda de Isla Negra. Desde 1990, esta tradición reúne a estudiantes en torno a la lectura y la expresión oral. Esta vez, niñas y niños de primero a séptimo básico compartieron poemas que recitaron de memoria y dieron vida con sus propias interpretaciones, sorprendiendo al público con la fuerza y expresividad de sus presentaciones.
Luego, escuchamos las palabras de Diana Berríos, administradora municipal de El Quisco, en representación del alcalde José Jofré Bustos y de la municipalidad, cuyo apoyo fue fundamental para hacer posible esta edición del festival en el litoral. También tomó la palabra Cecilia Herrera, gestora de la Unidad de Cultura de la Municipalidad y del Centro Cultural Camilo Mori, con quien fuimos construyendo este festival y todo su proceso comunal. A continuación, Paula de Solminihac, directora ejecutiva de Nube Lab, dio el discurso inaugural: una reflexión sobre la curiosidad, el valor de crear con otros y el proceso que dio origen al festival.




La ceremonia también marcó el inicio de una nueva etapa para el Festival Nube. Gracias al apoyo de Fundación Huneeus Quesney, estamos desarrollando un proyecto a cinco años para recorrer distintas comunas de Chile, trabajando junto a sus comunidades para descubrir y activar su potencial creativo. Cada año, este proceso culmina en un festival que celebra lo construido en conjunto. Este 2026, ese encuentro tuvo lugar en El Quisco; el próximo año será en Vicuña, en la provincia de Elqui, Región de Coquimbo.
Para anunciar esta nueva parada, vivimos un gesto simbólico: Diana Berríos, en representación de El Quisco, entregó a Daniela Rodríguez, representante de la Municipalidad de Vicuña, el testimonio Nube, una pequeña escultura que pasa de una comuna a otra como señal de confianza y buenos augurios. Así, desde la ruta del mar y la poesía del litoral, el Festival comienza su viaje hacia la ruta de las estrellas del Valle del Elqui. Un traspaso de mano en mano que lleva consigo lo aprendido en un territorio y abre la posibilidad de descubrir, junto a otra comunidad, nuevas formas de crear y encontrarse.
La tarde cerró con una presentación de canto campesino. Víctor Rojas, cantor a lo poeta de El Totoral, y Mónica Mancilla, cantora del Maule, se encontraron en el escenario con sus guitarras y sus versos, dando vida a un diálogo cantado en el que cada voz encontraba su respuesta en la otra.
Para Víctor, el encuentro fue una oportunidad para acercar a las personas a las tradiciones de sus territorios. “Es hermoso que nos conozcan, que nos conozcamos en los territorios. ¿Quiénes lo componemos? ¿Qué historia traemos? Cada cual tiene una historia diferente. Así que, feliz de poder haber estado aquí compartiendo”, comentó. Por su parte, Mónica, destacó la importancia de abrir espacios como este: “Estar acá es una gratitud inmensa. Soy docente también, además de ser cantora, y siento que estos espacios son súper necesarios para poder seguir construyendo una sociedad más justa y amorosa”. Así terminó la jornada inaugural, compartiendo una mesa con sabores y tradiciones de la zona, en un cóctel preparado por La Estancia del Totoral.


A continuación, queremos compartir el discurso de Paula, titulado Un antídoto contra el aburrimiento, la indiferencia y la desmotivación, porque creemos que recoge el sentido de este proceso y plantea una pregunta que atraviesa el trabajo de Nube Lab: ¿qué ocurre cuando nos damos el tiempo de observar, explorar y crear junto a otros?
Un antídoto contra el aburrimiento, la indiferencia y la desmotivación
Por Paula de Solminihac
Buenas tardes a todas y todos.
Estamos muy felices de estar reunidos hoy en Isla Negra, en el Litoral de los Poetas, donde este borde de mar y roca ha convocado a artistas y poetas que eligieron vivir aquí y hacer de su oficio un ejercicio por buscar y encontrar palabras que pudieran transmitir la vida en torno al mar. Es un lugar con una historia larga: hace miles de años ya vivían aquí las culturas El Bato y Llolleo, luego los changos pescadores, después fue escondite de piratas y, más adelante, refugio de creadores que vieron en este paisaje algo que no había en ningún otro lugar. Con todo eso a cuestas, hoy queremos reencontrarnos con ojos curiosos para volver a explorar y aprender.
Y quiero detenerme un momento en esa palabra: curiosidad.
La curiosidad es uno de los comportamientos más antiguos que compartimos animales y personas: el impulso que nos mueve a explorar lo desconocido, el aspecto emocional que hace nacer la investigación y el aprendizaje. Dicen que confiere una ventaja de supervivencia a quienes la practican, y es el eslabón clave que permite transformar la incertidumbre en motivación a través de la observación. Jean Piaget, el investigador infantil más influyente del siglo XX, sostuvo que los niños y niñas no aprenden pasivamente, sino que están constantemente intentando darle sentido a su realidad: construyen hipótesis, las prueban y las reajustan. Los artistas somos así también. Y los científicos. Esa forma de conocer —desde el cuerpo, desde el juego, con una actitud abierta y arrojada— es la puerta de entrada a la exploración, a la imaginación, a nuevas formas de pensar. Y es también la que más fácilmente perdemos cuando crecemos, especialmente hoy, cuando las pantallas nos ofrecen respuestas antes de que hayamos alcanzado a formularnos las preguntas.
Al Quisco vinimos a eso: a practicar juntos esa actitud curiosa.
Recorrimos la caleta y el campo, las quebradas y los patios de las escuelas, las sedes donde se reúnen los vecinos, el humedal que convive con los vecindarios. Buscamos en cada rincón lo que hace propio y valioso este territorio. Y lo encontramos: en la memoria y las manos de los pescadores, en los recuerdos de los adultos mayores, en las historias que los vecinos más antiguos guardan como tesoros. Y también en los niños y niñas, que reconocieron sus entornos cotidianos y los convirtieron en personajes ilustres: el papá salvavidas de El Quisco, el que vende frutillas de día y sale a la disco de noche, la persona-cactus, la jaiba-empanada. En ese lenguaje propio y en el hacer personal, hay una identidad territorial que ningún mapa recoge.
Y por eso este festival es la culminación de un proceso creativo de muchas manos.
Fuimos llegando de a poco a los lugares y las personas. Al principio éramos el equipo Nube y el Departamento de Cultura. En enero se sumaron cuatro Creadores Culturales, artistas que viven y trabajan en este litoral, y empezamos a recorrer colegios, juntas de vecinos, el humedal y la caleta. En mayo inauguramos el Taller Nube en Isla Negra, y los jueves comenzaron a ser una cita —después del trabajo o del colegio— para las familias que empezaron a reunirse a crear. En julio se sumaron jóvenes del territorio al programa de pasantías, quienes decidieron dar su tiempo para contribuir en la fabricación de todo lo que ven acá, poniendo atención a los detalles y encontrando cómo hacer mucho con poco. Porque de eso se trata la ética creativa que promovemos: una creatividad profundamente arraigada al potencial de cada lugar, que le da nuevas vidas a lo que ya existe para comprender mejor lo que importa en la vida común —el respeto, las alegrías compartidas, la construcción cooperativa, la generosidad.
En este punto quiero agradecer a todas las personas que se fueron sumando a este proceso y que, desde distintos lugares y saberes, hicieron posible lo que hoy vemos aquí. A todas ellas, mi profundo respeto y agradecimiento.
Vivimos tiempos extraños. Las pantallas nos prometen que estamos conectados con todo el mundo al mismo tiempo y, sin embargo, muchos de nosotros sentimos que algo se ha ido perdiendo: el placer de compartir un espacio, de hacer algo juntos, de sorprendernos con lo que el otro sabe hacer. La curiosidad, que es instintiva, necesita del encuentro para florecer. Necesita del espacio público, de la mirada de otro que confirma que lo que hacemos es valioso. Necesita poder tocar, equivocarse, probar.
Eso es lo que propone el Festival Nube: un antídoto. No contra la tecnología, sino contra la indiferencia. Una invitación a bajar el ritmo un momento y mirar con otros ojos el lugar donde vivimos.
El festival es la celebración de lo que logramos construir juntos, y cada escultura-juego y la programación que hicimos para jugar y aprender en torno a ellas busca mostrar cómo se renueva el legado en los habitantes de hoy. Están los ecosistemas de quebradas y humedales que permiten que la montaña se encuentre con el mar, los personajes ilustres de cada día, las palabras con que se escribe la historia y la poesía, la cocina con que se alimenta y se honra, y los juegos que pueblan de energía los recreos.
Durante tres días, el festival invita a vivir gozando de la compañía de otros —saboreando ese gusto que aparece cuando nos enfrentamos con curiosidad y ganas de jugar a lo desconocido. Mi sugerencia: adultos, vengan con niños y déjense llevar por ellos. Son nuestros líderes innatos en esta materia. Y si vienen solos, déjense llevar por la invitación que este equipo de jóvenes mediadores y artistas-profesores les hará para entrar en cada mundo de las esculturas-juego.
Este festival cierra un ciclo en El Quisco y abre uno nuevo en Chile. Nube es un método viajero. Como una nube que pasa sobre un territorio y activa lo que estaba latente. Y mientras pensamos en lo que viene, soñamos con que lo que hemos construido en este taller no desaparezca, sino que, al contrario, se convierta en un Laboratorio Creativo permanente —un lugar donde estudiantes de toda la provincia y sus familias puedan seguir cultivando la creatividad todo el año. Un laboratorio donde el arte, la ciencia, el aprendizaje y la comunidad se encuentren.
La siguiente parada es Vicuña, en el Valle del Elqui. Y el horizonte que nos mueve es ir construyendo, territorio a territorio, un mapa vivo de la creatividad de Chile, levantado por las comunidades que lo habitan.
Quiero agradecer a la Fundación Huneeus Quesney, que apostó por el arte de la manera en que lo promueve Nube —creyendo en programas innovadores antes de que tengan camino trazado— y que hizo posible este primer año fuera de Santiago; a la Fundación Estrella del Sur, que se sumó a esta apuesta; y al alcalde José Jofré y a todo el equipo del Departamento de Cultura, que construyeron esto con nosotros y nos presentaron a la comunidad de Vicuña, que ahora nos recibe.
Lo que van a ver ahora es un gesto simple, pero que tiene mucho peso. Un testimonio de la nube viajera: una escultura que contiene las imágenes que recogimos juntos y que representan la identidad de El Quisco, como símbolo de una comuna que ya sabe lo que puede pasar cuando se le da espacio a la creatividad —y que se lo pasa a otra que está a punto de descubrirlo. Eso es lo que queremos construir en Chile: de mano en mano.
Muchas gracias.


