Laboratorio de procesos creativos.
Parque Padre Hurtado, La Reina – Chile.
Organización sin fines de lucro.

Bosques que no vemos: un proyecto de título inspirado en el Método Nube

Escribe Consuelo Pedraza: Artista visual e investigadora cultural. Licenciada en Artes y Licenciada en Estética (PUC).

A lo largo de los más de 6.400 kilómetros de costa chilena, bajo la superficie del mar, crecen verdaderos bosques, no de árboles, sino de macroalgas pardas —como el huiro negro, el huiro palo, el huiro flotador, el cochayuyo y el sargazo— que pueden superar los 40 metros de altura y formar ecosistemas tan productivos y dinámicos como cualquier bosque en la tierra. Entre sus frondas encuentran refugio, alimento y un lugar para reproducirse cientos de especies marinas: desde peces, moluscos y crustáceos hasta mamíferos.

Y, al igual que los árboles, cumplen una función que pocas veces asociamos con el océano: capturan y almacenan grandes cantidades de dióxido de carbono, al mismo tiempo que producen oxígeno. A través de la fotosíntesis, estas macroalgas absorben el CO₂ disuelto en el agua y, gracias a la energía del sol, lo transforman en el alimento que necesitan para crecer, liberando oxígeno en el proceso. Cuando el oleaje desprende fragmentos de estas algas, parte de ellas se hunden y quedan atrapadas bajo los sedimentos marinos. Allí, en ambientes con poco o nada de oxígeno, la descomposición ocurre muy lentamente, permitiendo que el carbono permanezca almacenado durante cientos o incluso miles de años. Este proceso convierte a estos bosques submarinos en importantes sumideros de carbono azul.

Además, sus densas e intrincadas estructuras amortiguan la fuerza del oleaje, ayudando a disminuir la erosión costera, protegiendo su borde —y a todos sus habitantes humanos y no humanos.

Son, literalmente, bosques que no vemos. Y, quizás precisamente por permanecer oculto bajo el agua, muy pocas personas saben que existen y de los servicios ecológicos que nos proveen.

©OCEANA I Eduardo Sorensen.

Cuando Cecilia Ojeda, estudiante de último año de Diseño UC, conoció la existencia de estos bosques submarinos, la sorpresa fue inmediata. “Yo no tenía idea. Pensé: ¿por qué? Todo el mundo sabe que los árboles son el ‘pulmón del planeta’, que limpian el aire a través de la fotosíntesis. Es un conocimiento que aprendemos desde niños, en el colegio. Pero, ¿por qué no sabemos lo mismo de las algas?”, recuerda.

Esa pregunta fue la que la llevó a centrar su proyecto de título en cómo transmitir este conocimiento, y a pensar que quizás la mejor forma de hacerlo era justamente desde la infancia. “En tercero básico se enseña la fotosíntesis y me di cuenta de que podía ser incluso un contenido curricular”, dice. “Al principio no sabía si hacer algo sensorial, un material más informativo o un juego. Sentía que había muchas formas de aprender, y quería que el niño viviera una experiencia, que se metiera en ella de forma entretenida”.

Esa búsqueda fue la que, finalmente, la llevó hasta Nube. Todo comenzó por recomendación de una amiga y con el impulso de su profesora guía, Manuela Garretón, quien la motivó a investigar más. Cecilia empezó revisando el Instagram y la página web, leyó el libro “El Método Nube” y, en abril, llegó hasta nuestro taller en el Parque Padre Hurtado, para participar del Taller Abierto especial por el Día del Libro.

Durante esa jornada abierta y gratuita, niñas, niños y sus familias exploraban un mismo tema —el lenguaje— a través de distintas actividades artísticas y lúdicas. Allí creó mensajes secretos dibujando y apilando cajas, escribió postales con emojis para enviar a un ser querido y participó en talleres de escritura creativa. “Me sirvió mucho venir a ver cómo se diseña una experiencia y entender el Método Nube en la práctica”, cuenta Cecilia. “Además, como todo giraba en torno a un mismo tema, pero abordado desde distintas actividades, sentí que me ayudó a ampliar el repertorio de posibilidades para mi proyecto”. A eso se sumó algo que, desde su formación como diseñadora, no pasó desapercibido: la presencia del diseño gráfico en toda la experiencia. “Me gustó mucho cómo ocupaban distintos recursos gráficos de manera transversal. Tanto el dibujo que guiaba algunas de las actividades, pero también las postales, las pizarras y todos los materiales que acompañaban la experiencia”.

Ese taller fue, además, el punto de partida para una reunión virtual con Elena Loson, directora de contenidos de Nube, donde pudieron conocerse y conversar sobre el proyecto que Cecilia tenía en mente. Y fueron las cinco dimensiones del Método Nube —saberes, haceres, actitudes, exploración sensible, y reflexión y proyección— las que se convirtieron en la guía para diseñar su actividad. “Me guié por las dimensiones: quería que hubiera una parte sensorial, un conocimiento que pudiera transmitirse, un momento de hacer, otro más lúdico o corporal donde ellos jugaran y, al final, un espacio de reflexión.” explica.

Ese marco, sumado a otras lecturas y referencias sobre el aprendizaje en las infancias, dio origen a “Bosques que no vemos”, una actividad diseñada para estudiantes de cuarto básico, y concebida inicialmente para escuelas de zonas costeras, donde las comunidades conviven diariamente con las algas y donde prácticas como el barreteo —una técnica de extracción que arranca el huiro desde la raíz, impidiendo su regeneración— hacen especialmente relevante promover una conciencia temprana sobre el cuidado de estos ecosistemas. Pero la actividad no se queda ahí: fue diseñada para ser replicable en escuelas alejadas del mar, donde el desafío es otro: acercar a niñas y niños a un bosque que, aunque cumple funciones esenciales para el planeta, permanece fuera del imaginario cotidiano.

La actividad se organiza en cuatro momentos. Todo comienza con el cuerpo, niñas y niños tocan y se familiarizan con algas reales —como cochayuyo y huiro—, un momento que agudiza la percepción sensorial y despierta la curiosidad por lo que vendrá. Luego viene un cuentacuentos, sentados en torno a Cecilia las niñas y niños observan un dispositivo tipo caja-libro, con forma de submarino, que al ser retroiluminado con una linterna, revelan lo que ocurre bajo el agua —acompañadas de un relato que profundiza en los bosques de algas y su función como sumidero de carbono.

Después, la actividad entra en su corazón: un juego de roles que suele ser el momento más esperado por los niños. Con tarjetas que asignan papeles —alga, mar o CO₂—, primero personalizan su personaje coloreando las tarjetas y luego representan el proceso de captura de carbono. Las algas se toman de las manos y forman un bosque; quien representa al CO₂ corre y escapa; y el mar debe atraparlo para llevarlo hasta un alga. Una pregunta sobre lo aprendido define entonces si ese carbono queda “atrapado” o vuelve a escapar. “Es como desordenar la sala un poco”, dice Cecilia entre risas.

La experiencia no termina en la sala de clases, cada niño se lleva una “misión” a la casa: mostrarle a su familia las ilustraciones con una linterna y contar lo aprendido sobre los bosques de algas. Es también un momento de reflexión personal, con preguntas como “¿cuál fue tu descubrimiento favorito?”, que le permiten a Cecilia ver con qué se queda cada niño y, al mismo tiempo, extender ese conocimiento a las familias. “Para mí era importante que esto llegara a las casas, que los niños llegaran contando o mostrando algo; por eso decidí hacer las ‘misiones’”.

Pero llegar a “Bosques que no vemos” no fue un camino lineal. Detrás de cada dinámica y de cada material hubo un proceso de ensayo y error: probar, observar, ajustar y volver a probar. El diseño de la actividad cambió varias veces para hacerla más accesible y replicable en distintos contextos educativos. Por ejemplo, los materiales pasaron de una versión a color a otra en blanco y negro, facilitando su impresión en cualquier escuela sin perder su atractivo para niñas y niños.

Antes de llegar a una sala de clases, Cecilia puso la actividad a prueba con sus primos, de edades similares a las de su público objetivo. Esos primeros ensayos le permitieron ajustar aspectos tan diversos como el tamaño de las ilustraciones, la claridad de las instrucciones o la dinámica de los juegos. Con esos ajustes hechos, la actividad llegó a la Escuela Los Ciruelos, en Pichilemu, donde ha sido testeada dos veces con estudiantes de cuarto básico. La elección de Pichilemu no fue azarosa: además de ser una zona costera, Cecilia contactó a la Corporación Punta de Lobos, fundación que ya trabaja con escuelas del sector y que facilitó el vínculo con la comunidad educativa y la retroalimentación de docentes y equipos pedagógicos.

La recepción confirmó que la propuesta funcionaba. El juego de roles se convirtió en el momento favorito de niñas y niños y las “misiones” lograron extender la experiencia más allá de la sala de clases. A través de un código QR, las familias compartían fotografías y respondían una breve encuesta sobre la actividad. “Me llegaron mensajes de apoderados que decían: ‘No teníamos idea de que existían estos bosques'”, recuerda Cecilia.

La historia de Cecilia y de “Bosques que no vemos” es, en el fondo, una muestra de lo que el Método Nube busca hacer posible. Más que una fórmula o una receta, el Método propone un marco para diseñar, implementar y evaluar experiencias educativas abiertas, situadas y adaptables a distintos contextos.

Que una estudiante pueda apropiarse de ese marco para desarrollar una propuesta nacida de una inquietud personal, nutrida por su propia investigación y fortalecida a través del ensayo y error, es precisamente una de las aspiraciones del Método. No se trata de replicar actividades, sino de ofrecer una estructura flexible que otros puedan interpretar, transformar y hacer propia para crear nuevas experiencias de aprendizaje.

Esperamos pronto tener esta actividad en nuestra sección de “Conocimiento Abierto”, para que “Bosques que no vemos” pueda ser replicada en más escuelas —costeras o no— y que así estos bosques que no vemos empiecen a ser valorados al igual que sus pares terrestres.

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