Durante el primer semestre de 2026, la Galería EMIAN del Teatro Educativo de las Artes de Panguipulli fue escenario de un experimento colectivo. Inspirada en la historia evolutiva de las plantas con flores, la exposición Enredados con plantas mágicas invitó a niñas, niños, jóvenes y adultos a construir, entre todos, un jardín en permanente transformación. Al finalizar su exhibición, más de 3.200 personas habían sido parte de ese proceso.
La propuesta nacía de una pregunta sencilla: ¿qué podemos aprender de las plantas que hicieron de la relación su estrategia de subsistencia? Hace unos 140 millones de años, las angiospermas transformaron la historia de la vida al desarrollar formas de atraer, colaborar y depender de otros seres para reproducirse: las flores. A partir de esa idea, la exposición proponía experimentar esa lógica en primera persona.
Al entrar a la galería, los visitantes encontraban piezas modulares de papel con las que podían ensamblar flores pertenecientes a ocho especies nativas y endémicas de Chile. Lo que comenzaba como un gesto manual pronto se convertía en una experiencia compartida: leer un instructivo, observar, pedir ayuda, sostener una pieza, colaborar con otros y, finalmente, integrar la flor al jardín colectivo que iba creciendo día a día.
Durante seis meses, esa escena se repitió una y otra vez. Quien la observó de cerca fue Astrid Muñoz, encargada de producción y mediadora de la Galería EMIAN. Al finalizar Enredados con plantas mágicas, escribió una reflexión sobre lo que significó acompañar a cientos de grupos durante ese tiempo. Sus palabras no son un balance de la muestra, sino el registro de un descubrimiento que solo podía aparecer después de meses viendo crecer, flor a flor, ese jardín colectivo. Dejamos aquí su testimonio:

Enredados con plantas mágicas nació un verano caluroso, de esos en que el aire mismo parece querer quedarse quieto. Y, sin embargo, todo se movía. Las visitas no paraban de llegar; la sala respiraba gente, curiosidad y mucho ruido.
Era una obra interactiva: cada grupo que llegaba no venía a mirar una obra terminada, sino a ser parte de ella. Sin un único autor, sin un plan rígido, con una lógica desordenada y viva. Una lógica que, tengo que decirlo, me acomodaba bastante.
No voy a fingir que mediar Enredados fue fácil. Había días con más de treinta estudiantes al mismo tiempo, todos moviéndose detrás de una instrucción que escuchaban con atención y que, un minuto después, parecía haberse desvanecido. O quizás no. Quizás sí la recordaban y simplemente ocurría otra cosa: una especie de impulso creativo que los llevaba a inventar sus propias flores. Flores únicas, desproporcionadas, gigantes, rebeldes y completamente hermosas.
Había momentos de angustia real. Momentos de puro cansancio, de la voz que ya no alcanzaba y del cuerpo que pedía una pausa. Pero, en ese mismo instante, aparecía también el encantamiento. No quedaba otra que soltar un poco el control y dejarme enredar yo también por esa lógica colectiva que parecía obedecer menos a las instrucciones que a algo mucho más antiguo. Todavía no sé cómo llamar a eso. Desorden no era.
Con el paso de los días empecé a notar distintas maneras de acercarse a la obra. Muchas niñas encontraban un espacio en el detalle, en adornar, en cuidar. Muchos niños entraban desde el juego más físico, la travesura, el desafío. Con el tiempo dejé de verlo como una diferencia y empecé a entenderlo como distintas formas de enredarse.
Los adolescentes, en cambio, fueron quizás el grupo más difícil de acompañar. Las instrucciones claras rara vez bastaban. Pero también fueron quienes más me sorprendieron. Con ellos aprendí algo que no esperaba: que obedecer no siempre enriquece una experiencia. A veces la obra crecía mucho más desde una desobediencia atenta, curiosa, que desde el seguimiento perfecto de un plan.
Hay algo que también necesito decir con honestidad. Leer sus emociones nunca me resultó fácil. En mediación se espera mucho de eso: detectar lo que está pasando, abrir espacios de reflexión, encontrar las palabras y preguntas precisas… ahí me enredaba yo. Pero empecé a entender esa dificultad no como un fracaso, sino como un aprendizaje pendiente. Era mi propio nudo, mi propia torpeza, observándose a sí misma mientras intentaba acompañar la experiencia de otros.
Aun así, había algo que se repetía en los relatos que alcanzaba a escuchar. Sin importar la edad, muchos reconocían que la naturaleza nunca actúa sola. Hablaban de colaboración, de formas de crecer juntos, de una inteligencia compartida que parecía estar presente tanto en las flores como en la manera en que la propia obra iba tomando forma.
Ya casi terminando la exposición tuve que admitir algo, con la responsabilidad de quien mira de frente lo que había estado mirando de costado: era el movimiento lo que hacía la muestra.
Un movimiento natural, genuino, que a veces desobedece para inventarse su propia forma y otras veces sigue fielmente un camino, porque ese camino es el que mantiene viva a una especie. Un movimiento colaborativo, lleno de impulsos y ritmos propios, que iba dando lugar a nuevas formas.
Cuando logré verlo, la dificultad también tomó forma. Había estado buscando mal. Había estado buscando palabras, relatos, reflexiones, cuando en realidad lo que tenía delante eran cuerpos moviéndose. Y ahí entendí otra cosa: dejarse enredar, incluso con quienes normalmente no se enredan, generaba conductas nuevas, miradas nuevas, gestos que quizás no sabían que tenían. Colaborar, dejar que el azar hiciera lo suyo, producía cosas que no necesariamente tenían palabras. Tenían movimiento.
Mediar Enredados fue, en el fondo, hacer lo mismo que pedía la obra: dejarse tocar por el entorno y cambiar de forma según quién llegaba. Y ese fue, quizás, el regalo más grande que me dejó Enredados: un gesto simple y repetido, sumar una flor de papel a otra, colaborar con otros hasta que la obra pudiera ser de todos los que participamos. De todos los que tuvimos la suerte de enredarnos.
En un tiempo en que el individualismo se nos presenta como lo más natural, creo que Enredados tocó otra memoria. Una mucho más antigua, mucho más ancestral: la del colectivo generoso, dispuesto a colaborar. Esa memoria que no se enseña; que solo hace falta destaparla un poco para que vuelva a moverse.

Enredados con plantas mágicas buscó poner en juego una idea: que las plantas con flores son maestras de lo relacional. Viven en relación con otras especies, con el suelo, con el agua, con quienes las polinizan. Pero fue Astrid, después de meses mediando la experiencia, quien terminó de hacer visible algo que quizás siempre estuvo ahí: entrar en relación implica enredarnos. Y ese enredo es movimiento: a veces coreográfico, pero muchas veces caótico. Es aprender a moverse con otros, a adaptarse al otro, a encontrar un ritmo común sin dejar de tener un ritmo propio.
Durante los seis meses que estuvo abierta, más de 3.200 personas pasaron por Enredados. Niñas, niños, jóvenes, familias y comunidades fueron dejando sus propias flores en un jardín compuesto por especies nativas y endémicas de nuestro país. Cada encuentro modificó la obra y, por un momento, también modificó a quienes participaron de ella.
La exposición terminó. Las flores dejaron la sala y el jardín volvió a desmontarse. Esperamos que esta experiencia vuelva a ponerse en acción, para que más personas puedan encontrarse y ensayar formas de moverse juntas. Que las flores vuelvan a ser, una y otra vez, una excusa para entrar en relación.




