Mientras el Festival Nube Isla Negra 2026 se proyecta en el horizonte, el trabajo en terreno ya está en marcha: talleres, recorridos y conversaciones que comienzan a dibujar —junto a la comunidad— la identidad del festival.
El Festival Nube Isla Negra 2026 ya tiene fecha, pero no una forma cerrada. Eso es justamente lo que se está construyendo. A través del proyecto “Nube va a regiones”, el equipo de Nube Lab llegó a El Quisco con una pregunta como punto de partida: ¿cómo se arma un festival desde un territorio?
La apuesta es simple, pero exige tiempo: recorrer, encontrarse, escuchar, activar espacios y abrir procesos que permitan que el festival que ocurra en primavera no sea un evento “que llega”, sino algo que toma forma desde las prácticas, historias y maneras de habitar este lugar.
Abril fue, en ese sentido, un mes de despliegue. Un mes de mucho movimiento, donde comenzaron a aparecer pistas concretas —en escuelas, talleres, conversaciones y recorridos— de lo que ese festival podría llegar a ser.
Creando en las escuelas
Durante abril, las actividades en comunidades educativas continuaron desarrollándose de la mano de los Creadores Culturales —Catalina Landeros, Cynthia Martin, Gabriela Núñez y Jullian Pinto—, quienes trabajaron con estudiantes desde pre-kínder hasta 6° básico en la Escuela Básica El Totoral, la Escuela Poeta Neruda de Isla Negra, el Jardín Infantil Villa Las Marinas y el Programa Socioeducativo Saberes.
En este contexto se realizaron las actividades “Siluetas Marinas” y “Personajes coleccionables”, que abren un espacio para que las y los estudiantes representen su territorio desde distintas entradas: el mar, su entorno cotidiano o figuras que reconocen como significativas dentro de su comunidad. Más que buscar una única forma de representación, el proceso ha explorado cómo se construyen estas imágenes y relatos, ensayando diversas maneras de dar forma simbólica al lugar que habitan y observando cómo cada grupo incorpora sus propias referencias y formas de imaginar el territorio.
Las producciones que han ido emergiendo —y las que seguirán apareciendo— en este trabajo junto a las y los estudiantes de El Quisco se exhibirán durante el Festival Nube Isla Negra 2026, en primavera.



En paralelo, los Creadores Culturales comenzaron a levantar una cartografía sensible de la comuna, entendida como un mapa que no solo registra la organización física del territorio, sino también los recorridos y lugares donde la vida cotidiana va acumulando experiencias y sentidos.
Hasta ahora, este trabajo ha ido tomando forma a partir de una primera capa de georreferenciaciones, donde comienzan a convivir distintos tipos de lugares. Aparecen espacios cotidianos y de uso diario —como bazares, panaderías, cafeterías y recorridos de buses y micros— junto a espacios naturales como quebradas, humedales, bosques y playas. A esto se suman lugares de relevancia cultural y artística, como la Casa Museo de Pablo Neruda, talleres de artistas, espacios autogestionados e instituciones donde la cultura se activa, se cuida y se comparte.
En los próximos meses, esta cartografía irá tomando forma física y digital, abriéndose a que más personas puedan sumar sus propios lugares significativos de la comuna.
Historias desde El Totoral
Las charlas-taller son instancias donde nos reunimos a conversar en torno a un tema, con arcilla en las manos. La conversación guía a las manos y, en ese ir y venir, van surgiendo formas y derivas. La primera de estas experiencias la realizamos en El Totoral, una localidad rural al interior de la comuna de El Quisco, donde la herencia colonial y las tradiciones del campo forjan una identidad particular. Específicamente, se llevó a cabo en el Restaurant El Quincho —un espacio que recoge ese mismo modo de vida, ofreciendo comida casera y típica chilena—, donde trabajamos en torno a las “historias del territorio”.
Parte importante del grupo estaba conformado por miembros de una misma familia del Totoral —Sofía, Luz Eliana, Víctor y Jorge—, quienes, desde distintos lugares, sostienen y proyectan las tradiciones del territorio. Mientras Sofía y Luz Eliana mantienen el Restaurant El Quincho desde la cocina, Víctor cultiva el canto a lo divino como poeta popular, y Jorge dirige un conjunto de misa a la chilena.
A este núcleo se sumaron otras miradas que ampliaron la conversación: el artista visual Pablo Salinas; la poeta cubana Damaris Calderón, quien lleva más de una década viviendo en Isla Negra; y Eduardo Vera Sobrino, magíster y doctor en Ciencias con mención en Física, hijo de Leonor Sobrino, fundadora de las Bordadoras de Isla Negra, una agrupación clave en el desarrollo cultural local al proyectar una práctica textil arraigada en lo cotidiano como obra de arte.
La conversación fue guiada por una serie de preguntas en torno a la transmisión cultural, que proponían un recorrido: situarnos en la infancia, en aquellas cosas que aprendimos cuando niños —en la casa—, y preguntarnos qué de esas prácticas quisiéramos traer al presente y qué nos gustaría que se siguiera transmitiendo.
A partir de ahí, comenzaron a aparecer historias vinculadas a aprendizajes que se adquieren haciendo: plantar, cosechar, cocinar, criar animales, reparar la ropa, hacer rendir. Conocimientos transmitidos en el hogar, con las manos, en la repetición de gestos cotidianos, pero que rara vez permanecen en lo individual: son prácticas que se comparten y se viven con otros, entre familia, vecinos y comunidad. Aparecieron prácticas cotidianas como reunirse en torno a la comida, al fogón y la tetera, o recuerdos como “antes, cuando se hacía chicha o sopaipillas, se hacía para todos los vecinos”. Y también formas más rituales, ligadas a la espiritualidad y la tradición: los cantos a lo divino, los rezos familiares, el folclore, e incluso juegos: camiones de madera y muñecas hechas con pelo de choclo.
A medida que avanzaba la conversación, la arcilla comenzaba a tomar cuerpo. Algunas manos volvían a formas conocidas —vasijas, morteros—, mientras otras se aventuraban en propuestas más lúdicas, dando pistas de lo que podría seguir tomando forma.
Así, la charla-taller se fue configurando como un espacio donde las historias del territorio se recordaron, compartieron y activaron. Un lugar donde lo íntimo y lo colectivo, lo cotidiano y lo ritual, se entrelazaron —no como categorías separadas, sino como parte de una misma experiencia compartida.




Volver al recreo
Este mes también dimos inicio a “Juegos para el recreo”, un programa de cinco sesiones —una al mes hasta agosto— dirigido a la comunidad docente del Programa Educativo Saberes. A lo largo de estos meses, acompañaremos a las y los docentes en la creación de sus propios juegos: dinámicas corporales, lúdicas y artísticas, que puedan activar en el patio, integrar a sus clases y, esperamos, compartir en el Festival Nube Isla Negra 2026.
Para ello, proponemos el recreo escolar como un espacio de observación, experimentación y creación, desde donde se despliega un recorrido que atraviesa las sesiones: partimos en la memoria —los juegos de la propia infancia— para ir desplazándonos hacia la observación, la exploración corporal y, finalmente, la invención de nuevas propuestas a partir de materiales simples.
En esta primera sesión, en la que participaron 16 docentes y asistentes de la educación, quisimos conocernos a partir de una fotografía de infancia: cada persona se presentó compartiendo una imagen y un recuerdo, intentando volver a esos juegos que habitaban en el recreo y el tiempo libre. A partir de este ejercicio, comenzó a aparecer un repertorio de formas de jugar: bailes, coreografías y pequeños espectáculos —muchas veces con disfraces improvisados—; juegos de rol, como jugar a ser profesor, secretaria, doctor o recrear teleseries; juegos con objetos simples, como tazos, tapitas y canicas; juegos tradicionales como el tombo o el caballito de bronce; y también formas más arriesgadas de juego, como tirarse por una quebrada con una cuerda o en carreta.
Así, comenzamos activando la memoria lúdica del cuerpo docente y abriendo un proceso que continuará, en las próximas sesiones, con la observación de las prácticas de juego actuales, para luego dar paso al juego, la experimentación y la creación en conjunto. La idea es que, hacia agosto, este recorrido decante en la creación de sus propios juegos, poniendo en valor el juego como herramienta pedagógica y reactivando la dimensión lúdica en quienes enseñan.



Recorrer y encontrarse
Durante este mes, también fuimos ampliando la red a través de visitas y encuentros con actores locales. Visitamos la sede comunitaria de la Junta de Vecinos de Isla Negra, donde conocimos a una agrupación conformada principalmente por personas mayores del sector, que se reúne semanalmente a pintar y que lleva más de 11 años sosteniendo este espacio en torno a la expresión pictórica.
También nos reunimos con Eduardo Vera Sobrino, hijo de Leonor Sobrino, con quien conversamos sobre su vida en Isla Negra y su interés por seguir cuidando y proyectando el patrimonio cultural local. Nos encontramos, además, con José Manuel Gaete, director de la Escuela Poeta Neruda desde hace 18 años, quien nos compartió la historia y los procesos que han ido dando forma a su comunidad educativa. Conocimos también la Nave Imaginaria y a su capitán, Rodrigo Parra: una construcción a escala real realizada con materiales reciclados, que se levanta como un punto cultural del sector. Y junto a Marcela Villalobos visitamos el Humedal El Batro.




Taller Nube El Quisco
Por último, durante abril comenzamos a darle vida a la nueva sede del Taller Nube El Quisco, ubicada junto al Programa Educativo Saberes (ex Lever). Parte de este proceso ha sido ir dándole identidad al espacio, comenzando por su fachada, que fuimos pintando con diseños y estéticas propias de Nube, a partir de ilustraciones de Aníbal Bley y el trabajo de adaptación y pintura de Allison Conley. La inauguración del Taller Nube El Quisco será el próximo martes 19 de mayo a las 12:00 hrs, con una instancia abierta al público que incluirá actividades artísticas y un cóctel.

Abril fue un mes fecundo. No solo por la cantidad de cosas que ocurrieron, sino por la calidad de lo que se fue abriendo: conversaciones que llegaron a lugares inesperados, encuentros que van tejiendo una red, procesos que recién comienzan y que van a necesitar tiempo para dar fruto.
El Festival Nube Isla Negra 2026 sigue en el horizonte. Pero lo que está pasando ahora —en patios, salas de clases, quinchos, humedales y talleres— también es el proyecto.
Y mayo promete seguir moviendo las cosas.


