Desde el 2024, en dos escuelas públicas rurales de la Región de Coquimbo, Nube Lab ha trabajado junto a docentes, estudiantes y comunidades educativas para explorar cómo el arte, el juego y el territorio pueden transformar la experiencia de enseñar y aprender. En colaboración con Fundación Angelini, este proyecto piloto entra hoy en su etapa final, con el desafío de consolidar lo construido y proyectarlo hacia el futuro.
Durante estos tres años, hemos habitado dos escuelas profundamente distintas entre sí: la Escuela Básica Carlos Condell, en Caleta Los Hornos, una localidad costera y pesquera de la comuna de La Higuera; y la Escuela Jerónimo Godoy Villanueva, en Pisco Elqui, en pleno valle cordillerano de la comuna de Paihuano. Ambas son escuelas públicas rurales, con matrículas acotadas, donde ha sido posible trabajar de manera cercana con la totalidad de sus comunidades educativas.
Desde el inicio, este proyecto se planteó una pregunta: ¿cómo llevar el arte a la escuela como una forma de enseñar, aprender y vincularse, en diálogo con cada territorio? En el centro de esta búsqueda está el Método Nube, un enfoque pedagógico que busca transformar la manera en que aprendemos, integrando el arte en el diseño de experiencias de aprendizaje abiertas, situadas y significativas. Más que una receta, este método se caracteriza por su plasticidad y se despliega siempre en relación con las particularidades de cada comunidad.

Para explorar cómo integrar este enfoque en ambas escuelas, fuimos construyendo un proceso capaz de ajustarse a los ritmos, intereses y contextos de cada comunidad. El trabajo se fue desplegando como un ecosistema de prácticas.
Por una parte, experiencias artístico-educativas dirigidas a estudiantes de todos los niveles, que utilizan materiales sencillos y reciclados y que salen del aula para activar otros espacios de la escuela. Estas experiencias fueron también la manera de poner el Método Nube en acción frente a la comunidad escolar. Más que actividades aisladas, se transformaron en momentos donde estudiantes, docentes y directivos pudieron ver y vivir cómo se aprende cuando el arte, el juego y la creación se vuelven parte de la experiencia, familiarizarse con este modo de trabajar y comprobar que otra forma de hacer clases era posible.
Por otra, se incorporaron dispositivos al día a día escolar, como el carro-taller móvil —una biblioteca de materiales disponible para toda la comunidad— y la Caja Recreo, un conjunto de objetos simples que comenzó a probarse como una forma de fomentar el juego libre durante los recreos.

Dentro de este ecosistema, el programa de formación y acompañamiento docente ha sido un eje central. Basado en el Método Nube, propuso acompañar procesos de co-creación en los que las y los profesores diseñaron sus propias actividades pedagógicas, integrando el arte a sus contenidos curriculares y a su realidad local. De este trabajo han surgido propuestas originales como “Incagram”, una red social inspirada en la cultura inca; “Metaludo”, orientada al aprendizaje de matemáticas; o “Amuleto de la calma”, enfocado en la regulación emocional, entre otros.
Otro proceso formativo se realizó junto a cinco artistas, docentes y mediadoras culturales de la región, quienes viajaron a Santiago para conocer de primera mano el Método Nube y, también, desarrollar procesos de co-creación de experiencias de aprendizaje desde el arte, situadas en sus propios contextos, dando como resultado actividades como “Gabinete” o “Laboratorio de emociones”.
Más que en cifras acumulativas, el impacto de este proceso se expresa en su profundidad: el proyecto ha involucrado a la totalidad de estudiantes de ambas escuelas —abarcando todos los niveles educativos—, así como a su cuerpo docente y a agentes culturales del territorio. En conjunto, se han desarrollado 11 actividades originales, creadas desde cada contexto y en diálogo con los intereses de quienes las impulsaron.
Detrás de este proceso hay también una apuesta que no siempre es visible. “Taller-escuelas en todas partes” existe gracias a la colaboración entre organizaciones de la sociedad civil que creen en la educación como un espacio de transformación. En este caso, Fundación Angelini no solo financia una iniciativa, sino que decide acompañar un proyecto piloto, asumiendo el valor de la experimentación y la incertidumbre. Esta decisión habla no solo de la confianza depositada en Nube Lab, sino también del reconocimiento de la educación a través de las artes como una vía legítima para generar aprendizajes significativos.

Hoy, en su tercer y último año, el proyecto se enfoca en consolidar lo aprendido y proyectar su continuidad desde las propias comunidades educativas.
Como gesto de despedida, una de sus principales acciones será la creación de una “Zona Nube” en cada escuela: una intervención artística permanente, co-diseñada junto a estudiantes y docentes —proceso que se encuentra en marcha—, que transformará un espacio del patio en una zona de juego, esparcimiento y activación corporal. Un lugar que puede ser usado durante los recreos para el juego espontáneo, pero también como un aula expandida, donde los docentes puedan desarrollar experiencias de aprendizaje como parte de sus clases. En este sentido, se proyecta además como una herramienta concreta para integrar el juego y la actividad física en la jornada escolar, en sintonía con la Ley N° 21.778, que promueve al menos 60 minutos diarios de actividad física, juegos o deporte. La idea es dejar algo tangible y útil en las escuelas, que al mismo tiempo mantenga vivo lo construido durante estos tres años. En paralelo, se implementará una nueva versión del programa de formación y acompañamiento docente, ampliando su alcance y profundizando el trabajo realizado hasta ahora.

Más allá de sus acciones concretas, lo que este proyecto busca dejar es algo más difícil de medir: docentes que se reconocen como creadores de sus propias prácticas pedagógicas, y escuelas que se abren a formas de aprendizaje donde el arte y el juego no son un complemento, sino una manera de construir conocimiento y comunidad. Como dice Catalina Pavez, coordinadora del proyecto y líder de formación y contenidos de Nube Lab: “Mi sueño es volver en dos o tres años más a estas escuelas y ver que las clases suceden en el patio, en los pasillos, en diálogo con el entorno. Me gustaría ver a docentes confiados, creando juntos y probando nuevas ideas”.
Al cerrar este ciclo, la apuesta es justamente esa: que lo vivido no termine aquí, sino que siga transformándose desde dentro, dando lugar a escuelas más vivas, creativas y conectadas con su entorno.



