Laboratorio de procesos creativos.
Parque Padre Hurtado, La Reina – Chile.
Organización sin fines de lucro.

Crónicas de una medusa viajera – Puerto Loa por Paula de Solminihac

Escribe Consuelo Pedraza: Artista visual e investigadora cultural. Licenciada en Artes y Licenciada en Estética (PUC).

Rastreando recuerdos para crear una historia en común sobre la vida en el borde costero.
por Paula de Solminihac

“En la carpa de la medusa” es una experiencia de arquitectura efímera que busca recorrer los bordes costeros recolectando historias y conocimientos de quienes viven ahí, para cultivar la resiliencia y el pensamiento relacional, actitudes esenciales para querer y cuidar la vida en el borde costero.

La experiencia tiene tres momentos principales: el primero, de recolección de conocimientos situados, el segundo que consiste en la instalación de la carpa en la playa en donde nos reunimos en un ambiente festivo y hospitalario, a intercambiar las historias recolectadas con otros, y un momento final en donde traducimos los conocimientos en bitácoras educativas para propagar esos aprendizajes en recursos de distribución gratuita para la educación pública e informal.

La primera instalación de la carpa fue en diciembre del 2024 en la Playa Chica de Las Cruces, un balneario de la costa central de Chile, también conocido como el litoral de los poetas, en donde se encuentra la Estación Costera de Investigaciones Marinas de la UC (ECIM) y que forma parte de la la Red de Centros y Estaciones Regionales de la Universidad Católica (RCER). Algunos años antes de que esta experiencia se realizara por primera vez, comencé a conversar con los científicos de la estación. Me daban curiosidad los bosques de algas, tema del cual uno de sus investigadores principales, Alejandro Perez, era un experto. Esa curiosidad inicial rebotó lo suficiente entre las conversaciones y andanzas que fui tejiendo con las personas de la estación y con quienes trabajo en Nube, hasta llegar a la forma de una carpa medusa y a una convicción: la imaginación ecológica como un propósito común entre el arte y la ciencia.

En el 2026 obtuve una de las cinco becas de creación y descubrimiento otorgadas por la Red de Centros y Estaciones Regionales de la UC (RCER) para hacer el viaje de exploración y recolección de conocimientos del primer momento de la carpa medusa. Esta breve residencia tuvo lugar en la Estación Loa UC, ubicada en la desembocadura del río Loa, en la Región de Antofagasta, entre el 28 y el 31 de julio, y es aquí donde parte esta nueva crónica de la medusa viajera.

No se escogen los lugares predilectos, se es requerido por ellos
Michel Onfray

El viaje partió el martes 28 tempranísimo. Cinco de la mañana y la arqueobotánica, Virginia Mc Rostie, directora de la Estación Loa UC, me llama que estaba afuera de mi casa para irnos al aeropuerto. La estación había sido el lugar que había escogido para hacer el trabajo exploratorio porque me interesa entender mejor de la arqueobotánica y porque ahí el río Loa, el único río exorreico en más de 1000 kms de costa hiperárida, se encuentra con el mar. Sin embargo, a diferencia de las otras estaciones UC, ésta aún no está construida, es aún sólo una concesión y un lugar de trabajo de los arqueólogos que van por el día y luego se van a dormir a yurtas o casas en una caleta cercana al sitio. Entonces Virginia, pensando en compensar la falta de lugar, armó otra instancia paralela en la Escuela Básica Bernardo O´Higgins de Tocopilla, lugar donde podría hacer algunas de las actividades gratuitas que se habían desprendido de las lecciones de la carpa medusa en Las Cruces. Nunca pensamos que lo que terminaría pasando sería la aparición de una experiencia educativa que nos daría que pensar sobre el trabajo de recolección e hilvanado de historias que tuvo en común con el oficio arqueológico.

En el aeropuerto de Antofagasta esperamos a Celeste Kroeger, bióloga marina y educadora de ECIM quien junto a la curadora Carolina Castro y Nube Lab, son parte del triángulo ciencia, arte y educación que configura el equipo del proyecto. Celeste llegaba junto a Eloísa Garrido, una joven bióloga marina, que también trabaja en ECIM, cuyo entusiasmo, curiosidad y generosidad, no solo las hace buenas compañeras de viajes inciertos, sino que las ha llevado —así como a otras mujeres científicas que me ha tocado conocer en estas andanzas de arte y ciencia, como Pilar Cereceda y Virginia Carter en torno a atrapanieblas y la misma Virginia McRostie en la estación Loa— a entender que la ciencia se hace en el territorio con la misma relevancia que en el laboratorio, y que la educación no viene después, sino que es la vía de generar los flujos de saberes que hacen aparecer al sentido último del trabajo en la academia.

Juntas recorrimos la costa que va de Antofagasta a Iquique en sus 400 kilómetros, que no es mucho considerando que Chile tiene una longitud de costa continental de 6.435 kilómetros, y que pueden superar los 83.500 kilómetros si se suman todas las islas, fiordos y sinuosidades del sur del país. La primera parada fue almorzar en alguna parte camino a Tocopilla. Un puesto para camioneros, con decoraciones que mezclaban coloridos elementos de plástico, banderas chilenas y bolivianas, abundante comida y provisiones de viaje. Y así como esa primera parada, en distintos puntos nos fuimos deteniendo en caletas, conmovedores sitios arqueológicos, algunas playas donde tirarnos un chapuzón al paso y sentir la paz que transmite estar frente al mar. La detención es lo que hace que un lugar sea un lugar, dice el geógrafo Yi-Fu Tuan. Darse esos tiempos de pausa para estar ahí, a pesar de las ganas de seguir andando, es una forma de cultivar la percepción, asunto fundamental para la activación del pensamiento relacional.

Menos mal ya he aprendido a hacer viajes creativos, imaginarios o físicos, sin mucha planificación previa, diseñando un poco pero también dejando que la vida guíe por sus caminos, haciendo que el devenir y la improvisación se tejan con el deseo y la pulsión. Alentada por esa doble energía de hacer y dejar que las cosas pasen, dejas la ventana abierta, como dice Gepe, a que cosas impensadas pasen, es decir amplificas naturalmente los efectos de la imaginación. Pasó que en la reunión de planificación que organizó Virginia con la escuela, nos encontramos con una directiva que no entendía la educación como un proceso lineal ni rígido, sino todo lo contrario. La Escuela Bernardo O’Higgins es una escuela básica en donde van 500 niños y niñas desde kinder a octavo básico, y cuando les contamos de la carpa viajera nos pidieron que por favor hiciéramos una actividad con todos sus estudiantes. Lo que al principio fue un ‘no podemos’, se convirtió rápido en un boceto de una pequeña versión de la carpa en donde recolectaríamos historias que los niños y niñas tuvieran de sus vidas en la costa en pequeños trozos de tela con los que levantaríamos una carpa, y nos instalaríamos dentro de ella al terminar. A la actividad la llamamos “Bajo del mar” y la diseñamos pensando en desarrollarla junto a estudiantes de 3° a 8° básico. El mecanismo pedagógico que solucionaría nuestra falta de personal sería que nosotras enseñáramos a los más grandes y luego ellos, como en un efecto cascada, enseñarían al curso inferior, y así sucesivamente.

En tres semanas y con algunos cálculos e imágenes generales del colegio, medidas y tiempos, en Nube teñimos la tela azul, construimos una red y diseñamos la bitácora pedagógica, mientras en ECIM, Celeste y Constanza Allende, a cargo de la Biblioteca Escolar Futuro, grabaron cinco lecciones del océano que luego Aníbal Bley musicalizaría para convertir en una pista de audio para escuchar dentro de la carpa. Partimos con nuestro bolso naranjo repleto de telas, cuerdas, plumones, parlante y hasta una panera que sería la cabeza de la nueva carpa medusa. Nadie entendía mucho el total ni a qué aportaba su parte, pero ya estaban listas las cosas para el “camping” escolar.

Luego del almuerzo y la deriva por la autopista, llegamos a la escuela e instalamos la cuerda que sostendría la carpa en un lugar que no era el que habíamos proyectado, recorrimos algunos barrios que habíamos visto al pasar y que nos llenaban de curiosidad, hicimos el atardecer en la playa y nos fuimos a dormir con la cuota de alerta que requiere la improvisación. Alguna vez leí que la improvisación es fundamentalmente una acción cooperativa, más cercana a la mente del grupo que a la de la individualidad. Acá se iban sumando cada vez más personas, más elementos, decisiones y voluntades a esta “mente grupal” que ya se vería cómo se comportaría en su conjunto.

El miércoles nos levantamos temprano a disponer lo que faltaba antes de que abriera la escuela. Lo que pasó desde ese momento y hasta algo así como las 4 de la tarde solo se puede describir como una coreografía de silenciosos acuerdos y flujos de energías creativas colectivas. Mientras que Nicole, la subdirectora y su equipo de coordinación escolar, subían y bajaban cursos al patio, nosotras introdujimos a los niños y niñas en su papel de artistas y les pasábamos su “lienzo”, el trozo de tela azul donde dibujarían y sus memorias de vida en el mar y la playa.

Una vez más constataría lo que ya he visto que hace el dibujo como estrategia nemotécnica. Antes de dibujar, el encargo fue: “Representa un recuerdo o una historia que tengas sobre el mar”. Las miradas de los niños reflejaban algo así como nada, pero el tiempo del dibujo dijo lo contrario: a medida que se ubicaban en algún lugar y tomaban los lápices, rápidamente iban cambiando la cara de incertidumbre por preguntas sobre tipos de recuerdos. Algunos niños preguntaban si tenía que ser uno imaginario y otros preguntaban si podía ser un mal recuerdo. Y así fueron saliendo imágenes y apuntes estampados en la tela, que uno a uno se fueron añadiendo a la carpa que se iba armando con parches dispuestos en forma de espiral. Los mayores partieron por el centro, después le enseñaron lo que habían hecho al curso que venía a continuación y se fueron de vuelta a clases.

Así seguimos toda la mañana, invitando a traer recuerdos, conversando mientras dibujaban y preguntando qué historia iban a dejar. Y así conocimos muchas historias de niños cuando aprendieron a pescar; bellas historias de ofrendas a las olas “Yo le ofrendo comidas al mar. En una concha pongo arena y agua y se la doy para que no se enoje”; e historias de ahogos. Aprendimos en voz de las infancias la diferencia entre bote y barco, escuchamos memorias que se habían creado al mismo tiempo en una pareja de amigos y nos enternecimos con la autopercepción de niñas de ocho años que nos contaban sus historias de “cuando eran chiquititas”. Con Celeste y Eloísa casi no hablamos entre nosotras. Tampoco hablamos mucho con la gente de la escuela y sin embargo, nos escuchábamos hablar. En algún momento oí que Celeste le dijo a una niña “bienvenida: has dejado tu recuerdo en la carpa”, mientras que en otro momento vi que la Elo partió a hacer parches a las salas de los más chicos que en principio no iban a participar. En un recreo salieron los aún más chicos, niños y niñas de primero básico y junto a sus profesoras se sentaron a dibujar sus historias. Así, sin darnos cuenta del tiempo, los materiales se iban dotando de forma y de sentido gracias a una silenciosa energía grupal.

Llegaba el momento de levantar la carpa. La construcción era super precaria y nada aseguraba que lo que pasara sería lo mismo que había dibujado en mi cuaderno. Invitamos a los de octavo, los mayores y con quienes habíamos partido, a ser cómplices de ese momento. Con honestidad les hablé y les dije que era la primera vez que hacíamos esto y que podría no resultar. A cada uno le pedimos que tomara una de los tentáculos de la carpa y así mientras Eloísa izaba la cuerda central, ellos debían sostener armónicamente la distribución de fuerzas hacía los lados. Nadie podía tirar más de la cuenta. Había que tomárselo seriamente. Y así lo hicieron. Lentamente la fuimos levantando entre todos, sin disturbios, opinando, tomando decisiones y actuando. Fuimos reemplazando la fuerza humana, por nudos que fuimos atando a postes, sacos de arena y patas de mesa. Fuimos ajustando las tensiones de las líneas hasta que logramos crear una forma de carpa y un espacio interior. Trajeron unos puffs y finalmente, nos instalamos dentro. No cabíamos todos al mismo tiempo así que nos fuimos turnando los tiempos de estar y escuchar las lecciones y sonidos oceánicos.

Los de octavo, que solo vieron el inicio, no podían creer lo que se había construido y su sorpresa me hizo pensar en las pocas veces que en la escuela aprendemos a construir algo en tiempo real, y en cambio, en las muchas veces que nos dicen “tienes que aprender esto porque te va a servir en el futuro”. El futuro es una vida por vivir, dice Tim Ingold, y no un problema por resolver. “Bajo del mar” fue una oportunidad en que absolutamente toda la comunidad escolar participó de lo que en Nube hemos definido como una experiencia creativa, un acontecimiento pedagógico que invita a indagar, prestar atención, imaginar, actuar y sentir emociones. Los niños participaron en una experiencia de creación de algo real y de una escala mayor a cada uno de ellos y finalmente nos metimos dentro de lo que construimos.

Es por eso que además de esa silenciosa coordinación y acuerdos colectivos, pudimos escuchar frases como “Nunca me había sentido más libre que hoy” o “Estar acá me da paz” y es por eso que terminamos muy pasada la hora de salida del colegio con niñas que, aunque ya había llegado el bus para llevarlas de vuelta a la caleta donde vivían, no se querían ir y en cambio, se quedaban conversando y compartiendo su colación.

Esa misma tarde volvimos a la playa a decantar lo sucedido, bañándonos y mirando los farellones con su camanchaca. Horas más tarde salimos a caminar en busca de un lugar para comer, compartimos un ceviche en un peruano y las impresiones de lo que nos había pasado a cada una, las conversaciones con los niños y el goce por los momentos de coordinación silenciosa. Nada de fácil había sido que bajaran y subieran niños en tiempos acotados, cuidar el patio donde estábamos haciendo la carpa en los momentos de recreo, o interrumpir la clase para que la participación sucediera. Pero también había habido una disposición lúdica plena de los niños y niñas que se entregaron a recordar, imaginar y dibujar con placer, dedicándose libremente a la especulación y el juego y como si supieran comportarse sin que nadie les dijera nada. Quizás por eso una niña dijo que nunca se había sentido más libre en el colegio que ese día y quizás por esa coordinación nos pareció tan especial, porque recordaba aquella figura de un “hombre que juega y que construye un sistema efímero de relaciones entre la naturaleza y la vida” como define Careri el arte de andar del ser humano errante.

Esa noche nos fuimos a dormir igualmente agotadas y felices. Ya en la pieza del Hotel Royal, un cúmulo de imágenes, sensaciones e ideas me impedían dormir. Pensaba en esta ciudad de contrastes, en los colores de las exhuberantes y abundantes verdulerías, las decoraciones de las tiendas chinas en contraste con el gran farellón de piedra amarilla que se impone en su espalda por donde suben hasta desaparecer, los camiones de las faenas mineras. Las casas que brotan entre las piedras negras y la pregnancia de la arquitectura de la industria energética, la actividad portuaria y la minería, en oposición a la gran cantidad de bellos y diversos murales que hay por todas partes de la ciudad.

Y mientras recordaba la playa en donde habíamos ido cada tarde a descansar, de fondo escuchaba la música de lo que supongo eran bandas de bronce practicando para algún carnaval musical y trataba de terminar el libro que había llevado al viaje. Los “misterios paganos” dice Morizot, citando al historiador del arte Edgar Wind para hablar los significados ocultos en las pinturas del renacimiento, “demuestra que en cada cuadro se van acumulando distintas capas de significado, a veces contradictorias, divergentes, compuestas, pero son ellas las que le dan su riqueza artística, su capacidad para resplandecer de sentido, su carácter inagotable”. Del mismo modo se iban comportando esos días en Tocopilla, acumulando parches de historias y momentos que demuestran una vez más que la vida es una trama de interconexiones menos jerarquizadas y lógicas de lo que quisiéramos.

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“Para comprender la costa, no basta con catalogar su vida. La comprensión llega solo cuando, de pie en una playa, somos capaces de sentir los largos ritmos de la tierra y el mar que esculpieron sus formas y produjeron la roca y la arena de qué está hecha; cuando podemos percibir, con el ojo y el oído de la mente, el impulso de la vida que golpea siempre sus orillas, a ciegas, inexorablemente, buscando un lugar donde aferrarse. Para comprender la vida de la costa, no basta con recoger una concha vacía y decir “esto es un múrex” o “aquello es un ala de ángel”. La verdadera comprensión exige una captación intuitiva de la vida entera de la criatura que habitó esa concha vacía: cómo sobrevivió entre el oleaje y las tormentas, cuáles eran sus enemigos, cómo encontraba alimento y se reproducía, cuál era su relación con ese mundo marino particular en que vivía”. Así comienza el libro The Edge of the Sea que la bióloga marina y escritora estadounidense Rachel Carson escribió en 1955, el tercer volúmen de una trilogía dedicada a la vida en el mar.

Bajo esa misma premisa de sentir, observar y dialogar entre nosotras y con los lugares, abordamos el último tramo de la ruta costera que haríamos entre Tocopilla, la Estación Loa e Iquique, sus sitios de conservación e investigación arqueológica como su hito principal. En cada detención fuimos recolectando nuevos parches de conocimientos y nos hicimos más amigas, tal como había pasado el día anterior con los niños en la escuela. Las conversaciones giraron en torno a asuntos que íbamos viendo y cosas que cada una traía consigo y que se mezclaban mucho mejor en las conversaciones que teníamos al andar, ya fuera en el auto o a pie por la playa, el borde del río o el humedal. Espero que el tiempo, desde ahora hasta que tengamos la posibilidad de instalar la carpa en la estación, puedan ir nutriendo de reflexiones nuevas y conexiones estos primeros brotes.

Salimos temprano porque a las 10 cortaban el camino por las tronaduras. Pasando los cortes, las primeras paradas fueron en algunas de las caletas que los niños habían dibujado en sus telas el día anterior, lo que nos ayudó a entender mejor sus historias. En caleta Urco vimos como fueron pasando de ser sencillos asentamientos temporales para la pesca, a lugares para instalarse a vivir. Cambiando las carpas por casas con pozos, baños secos y paneles solares, en algunos casos como en Quebrada Honda, habían pasado a constituirse como las segundas viviendas de las familias de Tocopilla.

Pienso entonces en las “changuerias” o la cultura changa de andar e instalarte en cualquier lugar, y lo que tiene esa actitud ligera para enseñarnos sobre la construcción resiliente de nuestras ciudades. Hemos construido ciudades impermeables y las que están en los bordes costeros han cortado la conexión con las dunas y su vegetación, dejando totalmente desprotegidas a las playas de las marejadas y las tormentas, aumentando su erosión y haciéndoles cada vez más difícil su recuperación. Muchas de las playas que conocemos van a desaparecer y me pregunto si no es algo sobre lo cual deberíamos conversar en la carpa cuando la instalemos allá.

Y también pienso que aprender a construir en la escuela, tal como lo habíamos hecho el día anterior, combinando memoria, dibujo, afectos y construcción real, debiera ser una lección a implementar de manera urgente para la educación resiliente, que enseñe a los niños y niñas a recordar y contar historias, pero también a urdir y reparar con lo que tenemos a mano, la trama de relaciones que nos atan al mundo.

En Quebrada Honda, nos detuvimos a mirar más de cerca las algas que entre la marea alta y la marea baja aparecen en la playa. A lo largo del camino siempre se ven de a dos o tres algueros, personas dedicadas a la recolección y otras veces, la extracción de algas. Disfruté viendo el intercambio de conocimientos: mientras Celeste y Eloísa le enseñaban a Virginia sobre las diferencias entre el huiro pardo y huiro flotador, Virginia aprovechaba de llevarse muestras comparativas para cuando encuentre otras algas del pasado. No había nadie en el pueblo, era una de esas caletas que se había convertido en lugar de veraneo. Recorrimos sus calles vacías mirando cómo se habían ido construyendo distintos tipos de casas y al despedirnos, salió a nuestro paso el único habitante en el invierno: un Huairavo o la garza bruja que en la leyenda chilota encarnan a La Voladora, una mujer mensajera de los brujos locales que se desplaza emitiendo ruidos aterradores en las noches.

Pienso en que lo que tienen que decir los algueros sobre los flujos en el borde entre la playa y el mar, sobre las buenas y malas prácticas de su oficio, sobre sus herencias, mientras que recuerdo a Virginia decir sobre lo poco que se les paga por el alga, comparado con la cantidad de detalles que tiene cada etapa del proceso de recolección.

Virginia es arqueobotánica, lo que significa que estudia restos vegetales en contextos arqueológicos. Mientras seguíamos nuestra ruta, nos enseñó del algarrobo (Prosopis chilensis), un árbol de ramas espinosas, flores amarillas y frutos legumbrosos, dulces y comestibles, de alta resistencia a las condiciones áridas del norte. Aunque hoy se le considera una especie nativa de Chile, en realidad es originario de Argentina y Bolivia, y llegó a nuestro territorio hace 3.000 años, tanto para nuestro tiempo humano, pero en el gran tiempo geológico del planeta, eso no es nada. ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Qué rol había cumplido el ser humano en ese movimiento? ¿Y junto a qué o quiénes encontramos hoy sus restos? Por ahí partimos hablando, pero como estaba preparando una presentación para el IX Congreso de Flora Nativa —que se realizará del 3 al 5 de septiembre de 2026 en el Campus San Joaquín de la Pontificia Universidad Católica de Chile— nos fuimos enredando en conversaciones sobre lo endémico y nativo, lo que me hizo pensar en discusiones que había tenido tiempo atrás sobre las artesanías tradicionales y populares que se van perdiendo en la vorágine de la vida actual, y quiénes son sus guardianes. Y si vale la pena resistir esa pérdida, o si debemos aceptar los cambios como parte constitutiva de la vida. Recuerdo que anoté para no olvidar: “preguntas para el pasado”, “preguntas para el futuro”.

Y como si la arqueobotánica nos permitiera hablar con el tiempo, fuimos elaborando preguntas por aquello que decidimos proteger y por qué, lo que inevitablemente nos lleva a la pregunta que es motivo de debate en las ciencias: ¿cuál es la línea base de lo que quieres restaurar? Restaurar implica siempre elegir un momento del pasado como referencia, un “antes de”, y esa elección no tiene una respuesta objetiva, solo una decisión de valor. Y en la angustia por la escasez de recursos y tiempo para administrar todo lo que quisiéramos cuidar, la pregunta que cada tanto se hace Virginia: cuánto vale la pena conservar lo muerto versus luchar por conservar lo que aún está vivo.

Si tuvieras una varita mágica, ¿qué tan atrás irías para fijar ese momento que queremos conservar? —pensamos que podría ser una pregunta que con algo de gracilidad nos llevara a abrir esta puerta de preguntas difíciles de responder.

Todo el sector es un lugar de migraciones, históricas y actuales. La estación, que se encuentra en la desembocadura del río, es la frontera entre las regiones de Tarapacá y Antofagasta. Los restos arqueológicos que ahí investigan, son una trama de huesos, tejidos, cerámicas, vegetaciones y que junto con relatos de viajeros e historias, van configurando la identidad del lugar. Sobre el arte de observar sin duda deberíamos hablar bajo la carpa, que soñamos sería bello instalar para acompañar la inauguración de los espacios físicos de la estación. Quizás partir hablando de cuando ese lugar era Puerto Loa y con ello, hablar de las historias del desierto, de los intercambios precolombinos, la época colonial y las transformaciones geopolíticas del Norte Grande. Las memorias del naturalista Rudolph Philippi dice Virginia, podría ser un buen lugar por donde partir, junto con un par de libros changos que tiene Celeste. Y con ese puerto como punto de encuentro del agua dulce con el mar, hablar del trueque valle-costa, de los alimentos y las costumbres. Hablar de la aduana y el comercio del día de hoy, los autos abandonados en la orilla del camino, quizás no evitar hablar de los movimientos migrantes en pandemia, de las mafias del Tren de Aragua, los migrantes que siguen llegando a pie, caminando miles de kilómetros con sus guaguas en coches, con hambre y frío.

Se tiende a pensar la arqueología como una ciencia anclada en el pasado, pero en este viaje, escuchando y observando, pude ver como los conchales son una expresión concreta de capas de tiempo que llegan al suelo por donde caminamos ese día y, aunque obviamente hay mucho más, lo primero que se me vino a la mente es como las pulsiones y costumbres actuales son versiones de más o menos lo mismo de las de los humanos que pasaron hace miles de años por ahí. No somos tan distintos. La importancia de contar historias y cuidar las memorias del pasado, no como una foto de un tiempo congelado, sino para ver nuestras semejanzas y aprender de ello.

“More than bones” les conté a mis compañeras de viaje ya entrada la tarde, se llamaba una conferencia que vi en Boston hace un par de años atrás: el primer pan, el primer zapato, distintas “primeras cosas” que no son huesos pero que son igual de capaces de contar historias. Antes del primer zapato, nos preguntábamos con Virginia, mientras caminábamos con dolor a pie pelado por los conchales cuando paramos para ir a bañarnos por última vez ¿Qué tan duras serían esas plantas de pie? Lo que están estudiando Virginia y sus colegas son fragmentos entremezclados que están ahí, aun a pesar del huaqueo persistente. Entre hilos tensados que dibujan una trama de líneas rectas en el suelo de polvo, concha y roca, y usando herramientas que perfectamente podrían estar entre una cocina y un jardín, aparecen trocitos de tejido, pigmentos rojizos aún conservados en una concha, trozos de cuencos de cerámica, pelos, huesos de delfines y humanos.

Virginia me cuenta de la investigación sobre los pigmentos del pasado de su colega Marcela Sepúlveda, nos enseña que los tejidos que presenciamos eran de llamas y que así como el perro es al lobo, las alpacas y las llamas son guanacos y vicuñas domesticadas desde hace 1.000 años. Y cosas sobre masas y cerámicas que por supuesto me encantaron, como las cerámicas son dispositivos de comunicación como el whatsapp a nuestros días, o la argamasa que usaban de ligamento para construcción, lo que sería el hormigón de hoy, compuesto por conchas y otros ligamentos que seguramente tenían el alginato de las algas que habíamos visto más atrás. “¿Alguna conoce la Zephyra elegans?, ¿O las añañucas de acá?” les pregunta a las biólogas marinas, en los sitios arqueológicos hay bolsitas de algodón con cormos, nos cuenta y quedamos en averiguar más. Sobre esta “argamasa” de nuevos materiales y cómo conocer a través de las cosas sin duda también tenemos que hablar.

La vida se anuda a partir de líneas que se entrelazan. El pensamiento del antropólogo Tim Ingold se me cruza una y otra vez en este ejercicio de escritura y pensamiento en movimiento. El cultivo de una imaginación ecológica, una forma de vida desfasada respecto de las tradiciones jerárquicas y logocentristas, es lo que me moviliza al escribir ahora, entretejiendo el recuerdo de lo vivido con lo que creo y siento. Pienso en los niños cuando los plumones reventaban la tinta en la tela y tenían que repasarlos para escribir sus recuerdos y cómo eso se parece a la ola cuando lava y borra los dibujos que hacemos en la orilla del mar, y en el peor de los casos, como se parece al agua de los aluviones que arrastran los sedimentos al fondo del mar, arrasando con casas, poblados y llevándose todos los recuerdos. Y como todo eso, no se parece para nada a la sequedad y al polvo del desierto que el afán y el trabajo minucioso de esos arqueólogos permite revelar lo que ahí se conservó.

El poeta y teórico escocés Kenneth White acuñó hacia fines de la década de 1970 el concepto de geopoética, que propone “encontrar caminos diferentes para religar la poética a lo geo; es decir, para volver a unir, de forma contemporánea, el pensar a la Tierra”. Es como la arqueobotánica de Virginia, pensé, que se quedó haciendo limpieza del humedal con un grupo de personas mayores entusiastas que, de forma voluntaria, fueron a trabajar por el cuidado de ese lugar de paso de aves, de aguas y de personas. Un lugar en donde más adelante, quizás, habrá niños, niñas y comunidades educándose para traspasar el cariño, cuidado y conocimiento de ese lugar. Nacemos y morimos en una matriz de relaciones en constante movimiento.

Termino esta crónica, esperanzada que el viaje, la educación creativa, las conversaciones mezcladas entre personas que no se conocían y esta líneas escritas, permitan urdir constelaciones para crear una historia en común al mismo tiempo imaginativa y diversa sobre la vida en el borde costero de este lugar donde el río Loa se encuentra con el Océano Pacifico.

Agradezco profundamente a la Red de Centros y Estaciones Regionales UC (RCER UC), que gracias al Concurso de Residencias de Creación y Descubrimiento UC 2026 hizo posible esta instancia; a Estación Loa UC y a Virginia McRostie, por abrirnos el espacio y, en el caso de Virginia, también el tiempo y lo enseñado; a Celeste y Eloísa —y al ECIM en general— por embarcarse en esta instancia; al IDS por promover la interdisciplina como forma de enseñanza-aprendizaje; a la Escuela Básica Bernardo O’Higgins, a su directora Fresia Cortés Hernández y al equipo técnico-pedagógico por las gestiones; y al equipo Nube por el trabajo detrás de la actividad, desde su ideación y prototipo hasta la coordinación con la escuela.

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