Laboratorio de procesos creativos.
Parque Padre Hurtado, La Reina – Chile.
Organización sin fines de lucro.

Los sorprendentes viajes del bagazo

Escribe Consuelo Pedraza: Artista visual e investigadora cultural. Licenciada en Artes y Licenciada en Estética (PUC).

Hay materias que existen solo para dar paso a otras. El bagazo es una de ellas —o al menos así se lo ha tratado hasta ahora.

Se llama bagazo a la masa fibrosa que queda después de extraer el jugo o líquido de una planta —ya sea de su tallo, fruto o semilla—. Puede provenir de la caña de azúcar, la uva, la aceituna o distintos granos de cereal. En la industria cervecera, por ejemplo, surge a partir de los granos de cebada, que tras ser malteados y molidos, se mezclan con agua caliente. El calor activa enzimas capaces de descomponer los almidones en azúcares solubles, transformando poco a poco la mezcla en un líquido denso y dulce.

Al filtrar este caldo, los caminos se bifurcan. Por un lado emerge el mosto: el líquido azucarado que continuará su recorrido, recibirá lúpulo, será fermentado por levaduras y madurará hasta convertirse en cerveza.

Por otro lado queda el bagazo: las cáscaras del grano, húmedas y fibrosas, cargadas de proteínas, aminoácidos, vitaminas y minerales. Una biomasa con alto potencial nutricional y material, pero que es separada del proceso y tratada como un desecho, llegando a representar aproximadamente el 85% de los residuos generados por la industria cervecera.

El bagazo es un material húmedo y altamente perecedero que se produce en grandes volúmenes —se estima que a nivel global se generan alrededor de 372 millones de toneladas al año—. Cuando se acumula sin tratamiento, su descomposición libera metano, un potente gas de efecto invernadero. Actualmente, gran parte termina en vertederos o se utiliza como alimento para ganado, un destino que aprovecha sólo una fracción de todas sus posibilidades. El resto de sus propiedades y las múltiples vidas que podría tener, son desperdiciadas.

En 2025, dos académicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile se adjudicaron el Fondo Semilla de Investigación del Instituto para el Desarrollo Sustentable (IDS) —un fondo que impulsa la investigación colaborativa, interdisciplinaria y con impacto local— con una propuesta que pone en diálogo dos disciplinas que históricamente han tendido a la distancia: el arte y la ciencia.

Una de ellas es María Cristina Ravanal, bioquímica y doctora en Biotecnología, académica del IDS y de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales UC. La otra es Paula de Solminihac, artista visual y directora ejecutiva de Nube Lab, académica del IDS y de la Escuela de Arte UC.

La iniciativa nace del encuentro entre ambos mundos: la investigación científica sobre la valorización de residuos agroindustriales y las metodologías del arte como herramientas para explorar, imaginar y comunicar nuevas posibilidades materiales. De ese cruce surge “Del residuo al renacimiento: los sorprendentes viajes del bagazo cervecero”, un proyecto que busca visibilizar, a través del arte y herramientas visuales, los procesos de investigación, experimentación y transformación material que permiten otorgar nuevas vidas a un residuo industrial específico: el bagazo cervecero.

El proyecto se desarrolló a partir de dos líneas de investigación paralelas: una orientada a reconstruir la historia del bagazo, sus usos actuales y las innovaciones que hoy buscan transformar este subproducto; y otra de carácter material, donde jóvenes participaron en talleres de experimentación y prototipado, explorando directamente —con las manos en esta biomasa— sus propiedades y posibilidades. Ambas líneas convergieron en la creación de recursos educativos: una infografía y una pieza audiovisual que traducen estos hallazgos a lenguajes accesibles.

Para llevar adelante esta investigación se conformó un equipo interdisciplinario que reunió distintas aproximaciones al material. Junto a las académicas participaron Camila Rico, estudiante de último año de Diseño, cuyo proyecto de título indaga el bagazo como biomaterial; Renata Hernández, estudiante de Ingeniería en Recursos Renovables; y Javiera Álvarez, artista visual y educadora que explora, desde su práctica, las relaciones entre arte y biomateriales. Asimismo, el equipo de Nube Lab aportó desde su experiencia en el diseño de experiencias de aprendizaje, traduciendo los hallazgos de la investigación en recursos artístico-educativos.

Para comprender una materia se requiere entrar en contacto con ella, observarla, olerla, modelarla, transformarla y descubrir qué preguntas abre. Desde esa premisa, el proyecto comenzó abriendo un espacio para el hacer-pensar, a través de dos talleres de experimentación material con jóvenes, realizados en el taller de Nube Lab y en el Laboratorio de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales de la UC.

Cada taller comenzaba con una introducción desde la bioquímica —a cargo de Cristina y Renata— donde se explicaban el origen del bagazo, sus componentes moleculares y las investigaciones existentes en torno a su reutilización. Luego, junto a Camila y Javiera, esa información se trasladaba a una experiencia práctica y sensorial: los participantes experimentaban directamente con el bagazo y otros biocompuestos, explorando el material tanto en estado húmedo como seco.

En ambos talleres apareció una reacción común: la mayoría desconocía qué era el bagazo, a pesar de provenir de algo tan cotidiano como la cerveza. Descubrir que detrás de ese producto familiar existe toda una cadena industrial —y grandes volúmenes de residuos que permanecen invisibles— generaba sorpresa. “Al comienzo existía cierta distancia o curiosidad más tímida, pero rápidamente los participantes comenzaron a tocarlo, olerlo y experimentar”, señala Javiera. De ahí surgieron ideas sobre posibles usos: desde maceteros y objetos cotidianos hasta piezas pensadas para volver al ciclo natural mediante el compostaje.

Lo más valorado no fue llegar a soluciones concretas, sino el tipo de espacio que se abrió. Varios participantes provenían del mundo científico y estaban acostumbrados a procesos orientados a resultados; este taller les permitió aproximarse al conocimiento material desde la curiosidad, la especulación y la experiencia sensible. En ese sentido, trabajar con bagazo no fue solo pensar en reciclar un residuo, sino abrir una conversación más amplia: sobre qué dejamos atrás en los ciclos productivos y cómo podemos imaginar otras formas de relacionarnos con aquello que solemos llamar desecho.

Mientras los talleres permitían acercarse al bagazo desde la experiencia directa, la investigación documental abrió otra puerta de entrada: la historia de esta materia, los caminos que la trajeron hasta el presente y las posibilidades que hoy comienzan a imaginarse para su futuro.

El recorrido comenzó con las primeras civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, hace más de seis mil años. Allí, grandes vasijas contenían mezclas de cereales molidos, agua y calor que, al entrar en contacto con los microorganismos del ambiente, daban origen a los primeros brebajes fermentados. Sin recetas fijas ni procesos de filtración, estas primeras cervezas eran bebidas densas y nutritivas, de bajo contenido alcohólico y ricas en aminoácidos y vitaminas del complejo B, integradas a la vida cotidiana, social y ritual. Y al no existir filtración, no había una separación entre lo sólido y lo líquido, ni una concepción de bagazo como tal.

Durante la Edad Media, especialmente en Europa, la elaboración de cerveza se consolidó como un oficio. En los monasterios se comenzaron a sistematizar las recetas, perfeccionar las técnicas y desarrollar herramientas asociadas a cada etapa del proceso: molienda, maceración, filtración, cocción, fermentación y almacenamiento. La incorporación del lúpulo como conservante natural marcó también un cambio importante en la elaboración de esta bebida. Con la filtración bien establecida, lo sólido y lo líquido tomaron caminos distintos. Pero el bagazo no se desperdiciaba: se integraba a circuitos locales como alimento para el ganado y abono para los cultivos de los mismos monasterios.

No fue hasta el siglo XIX que este equilibrio se rompió. La industrialización, centrada en el producto final —la cerveza—, desarrolló tecnologías específicas para agilizar su producción, conservación, transporte y comercialización: fábricas, maquinarias, pasteurización, cadenas de frío y redes logísticas, aumentando radicalmente la escala de producción y consumo. El bagazo comenzó entonces a generarse en cantidades industriales, sin sistemas equivalentes para su manejo, reutilización o reincorporación a otros ciclos productivos. Aquella materia que antes formaba parte de un flujo local ahora era descartada adquiriendo el valor de residuo.

Hoy, por cada litro de cerveza se producen cerca de 200 gramos de bagazo —lo que equivale a aproximadamente 372 millones de toneladas anuales a nivel global—. Pero el problema no es solo su volumen, sino también su composición: con entre un 70% y un 80% de agua, lo que acelera su descomposición y acorta drásticamente su vida útil. Sin rutas claras de valorización —sin refrigeración, secado, transporte o transformación inmediata– queda atrapado entre su potencial y su descarte.

Este escenario no es abstracto ni lejano. En Chile, el reciente auge de la industria de cervecerías independientes ha impulsado un aumento sostenido en su producción. En 2021 se contabilizaron más de 350 cervecerías activas en el país y, según cifras de la Asociación de Productores de Cervezas de Chile (ACECHI), el consumo per cápita ha crecido un 92% en los últimos 15 años. Este crecimiento, celebrado por su creatividad y diversidad, trae consigo un aumento proporcional en la generación de bagazo. En Chile se producen aproximadamente 200.000 toneladas anuales de este subproducto.

Pero ser residuo no tiene por qué ser el viaje final del bagazo.

En los últimos años, esta masa húmeda y fibrosa —rica en proteínas, grasas, minerales, vitaminas y aminoácidos— está comenzando a reaparecer como materia prima, integrándose a nuevas cadenas productivas y a economías circulares emergentes.

Por ejemplo, mediante secado y molienda, puede convertirse en harina rica en fibra y proteínas para panes, galletas y alimentos funcionales —como lo hace el proyecto chileno R-Foods, basado en Valdivia—. De esa misma biomasa se extraen también prebióticos que contribuyen a la salud intestinal. Mezclado con paja, el bagazo seco funciona como sustrato para el cultivo de hongo ostra, una seta comestible rica en proteínas. El proyecto chileno InFoods Protein, por su parte, lo utiliza para alimentar larvas de mosca soldado negro, transformándolas en harinas y aceites para nutrición animal y acuicultura. Y su fibra vegetal permite crear biomateriales biodegradables: BAGACERO, otro proyecto chileno, lo convierte en packaging para la misma industria cervecera.

También ya se investigan con éxito sus posibilidades energéticas: mediante digestión anaeróbica puede producir biogás, una fuente de electricidad; por fermentación de azúcares, bioetanol, un combustible de combustión limpia; y compactado, da lugar a pellets para calefacción y calderas, cimentando el camino hacía energías renovables y con menor generación de emisiones de gases de efecto invernadero.

Pero estas aplicaciones no agotan sus posibilidades. Los sorprendentes viajes del bagazo están ocurriendo ahora, y todavía quedan muchos destinos por descubrir para esta materia. Este proyecto fue, precisamente, un intento de explorar esos futuros posibles: demostrar que existen otras vidas para aquello que hoy consideramos un residuo.

Quizás ahí aparece uno de los aportes más importantes de este proyecto: aquello que ocurre cuando la ciencia y el arte trabajan juntas. La investigación permitió comprender esta biomasa, sus propiedades y sus posibilidades de transformación; mientras que las herramientas del arte abrieron otras formas de acercarse a ese conocimiento: hacerlo visible, sensible y compartible, capaces de transformar nuestra forma de percibir esta materia y de ampliar el horizonte de lo imaginable.

Para explorar más, te invitamos a ver el video y descargar la infografía que sintetizan esta investigación —ilustradas y animadas por Aníbal Bley, con guión y contenido pedagógico de Consuelo Pedraza—. Dos piezas pensadas para seguir abriendo preguntas sobre aquello que solemos llamar desecho.

Descarga la infografía aquí:

Bibliografía:

Acuña Bahamondes, Esteban Ignacio. Análisis técnico económico de un proceso para la elaboración de harina a partir de bagazo de cerveza. 2025. Universidad Técnica Federico Santa María, memoria de título.
Raimilla, Matías, et al. “Bagazo producido en la industria cervecera: Alternativas de valorización y reutilización.” Agro Sur, vol. 51, no. 1, 2023, pp. 33-42, https://doi.org/10.4206/agrosur.2023.v51n1-03.

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